La historia de una bici utilizada a modo de confesionario gana el concurso de relato

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Este martes 10 de junio de 2014 se fallaron los premios del IV Concurso de relatos breves sobre la bicicleta 2014, organizado en el marco de las actividades de la ‘Semana de la bicicleta’.

cartero-bici

De los 46 relatos breves presentados a concurso el jurado ha resuelto nombrar relato ganador en Euskera a ‘Biziklidetza’ escrito por Itziar Uriarte Crespo y en Castellano a ‘Confesión’ escrito por Alberto Mazquiarán Bengoa.

Los autores de los relatos recibirán como premio un vale de 250 € cada uno para gastar en un comercio de bicis de Vitoria-Gasteiz.

Los textos ganadores son los que siguen.

Esperamos que disfrutéis con su lectura.

CONFESIÓN

El padre Ramón Arregui era otro pastor más de la comarca, sólo que él se desplazaba
de pueblo en pueblo sobre una Torrot y sus rebaños los componían los moradores de
los pueblos. Los domingos, bien temprano, antes de comenzar la ruta de los pueblos
donde oficiaba, don Ramón disfrutaba limpiando y engrasando su bicicleta. Le
satisfacía tanto como absolver de sus pecados a los feligreses y verlos devueltos
limpios hasta una próxima ocasión. Los guardabarros, el faro, las llantas o el muelle
del sillín bien limpios, eran para él señal de buen funcionamiento y de perfección. Era
tal lo impoluta que dejaba su bicicleta, que los domingos de estío, los reflejos del sol
en los radios de las ruedas eran vistos por el monaguillo del pueblo que repicaba
campana anunciando misa.
Angel, sin embargo, opinaba lo contrario. Su oficio de cartero en los pueblos obligaba
tener la bicicleta llena de barro, herrumbrosa y chirriante como seca de amor y de
cuidado. El tenerla lustrosa y mimada no iba con su forma de ser. En los días lluviosos
tanto él como su bicicleta parecían untados en chocolate, hecho que le tenía sin
cuidado a Angel, más preocupado por los chascarrillos e intimidades de la gente que
por su propio lustre. El desplazarse por los caseríos con pequeñas gavillas de cartas y
entablar conversación con sus destinatarios, le proporcionaba gran deleite por verse
cargado de tanta información. Más tarde, y tras inflar dicha información como a una
rueda, la hacía rodar delante de quien le quisiera escuchar. En más de una ocasión, y
sin soltar el porrón o la bota de vino, estuvo a punto de reventar aquella rueda
reveladora, pues la imaginación y la mala leche soplaban mucho al salir de su
ingeniosa boca.
Angel, poco amigo de sotanas, era consciente del candor del padre Arregui y de la
justicia que por aquellas tierras tendía a impartir. En más de una ocasión se habían
cruzado pedaleando cartero y clérigo en alguno de los puentes, circunstancia que
aprovechaba don Ramón para platicar con Angel. De temas terrenales, el sacerdote
pasaba directamente y sin pedir permiso, a afear la conducta chismosa y fisgona de la
que hacía gala el cartero. Éste no hacía más que asentir cabizbajo y aguantar como
podía la tormenta moral, agarrándose al manillar e indagando dentro de sí el posible
delator. Parecía haber gente más chismosa que él, pero cualquiera se lo espetaba al
sofocado cura que ya parecía estar fuera de sí abriéndole las puertas del infierno de
par en par… ara sofocos, los de Sara la lechera. Ir de prado en prado con la carretilla y sus
cántaros a medio llenar, suponían tal esfuerzo en su tierno cuerpo, que no podía más
que refrescarlo soltándose varios botones de la blusa o refrescando su cuello en
cualquiera de los manantiales que circundaban los pastos. Sara también tenía otro tipo
de sofoquinas que aplacaban varios amores del lugar y que posteriormente turbaban
su endeble moral. Sin embargo, todo se solucionaba en cuanto se confesaba con el
padre Arregui. Recibía una reprimenda, eso sí, pero era seguida del perdón y Sara
volvía a sus vacas ordeñándolas libre de toda carga.
Estos amoríos o romances de Sara eran conocidos por Angel, que envidioso y celoso
al no ser correspondido por ella, se dedicaba a difundirlos destilando ansia de amor no
satisfecho.
Era a finales de junio, víspera de San Pedro cuando a Sara le llegaron los reflejos del
sol en los cromados de la Torrot del padre Arregui. Dejó de ordeñar a la Cándida para
apresurarse cuesta abajo al encuentro del clérigo. Días antes habían sido las
hogueras de San Juan, con su corta noche y su larga fiesta, que Sara disfrutó en
brazos de un mozo hojalatero. Este feliz episodio necesitaba de urgente confesión.
Don Ramón accedió resignado, y para imitar en parte a los confesionarios de las
parroquias, posicionó la bicicleta en el suelo con las ruedas hacia arriba con el fin de
utilizar los radios de las ruedas a modo de celosía. Confesor y pecadora se sentaron a
ambos lados de la bicicleta y Sara comenzó a narrarle los lujuriosos hechos mientras
el padre Arregui jugueteaba con los pedales escuchando a la joven. Al momento Sara
dejó de hablar ya que se acercaba por el camino algo que chirriaba endiabladamente.
Así, sentados a ambos lados de la bicicleta se los encontró Angel el cartero.
– Buenas tardes padre. Hola Sarita.
Y lanzando una mirada insidiosa a Sara preguntó al confesor:
– ¿Qué padre?¿Ha vuelto a pinchar?
– Así es hijo, por desgracia…
Mirando las dos ruedas intactas que tenía delante y antes de que el grillo lanzara su
segundo “cri”, don Ramón bajó la cabeza rogando a Dios que nunca más le dejara
hablar sin antes pensar.
Angel se despidió pensando en la bota de vino y en como hinchar aun más si cabe
una historia semejante.

En la categoría de Euskera, el ganador fue el siguiente cuento:

BIZIKLIDETZA

Bizitza ohituretan oinarritzen dela esan genezake zenbaitetan, aldaketek
urduritasuna eta egonezina ekartzen dizkizute zuri; bai, zuri, hain zuzen. Hala ere, ez
larritu, txirringak lagun diezazuke lasaitasun hori berreskuratzen. Ez banauzu ulertzen
irakurri arretaz zuri gertatutakoa azalduko baitizut.
Bat, bi, hiru eta RING, RING! Iratzargailuak bere egun on esateko era
bereziarekin agurtu eta esnatzen zaitu. Ez duzu zertan pentsatu zer egin behar duzun
gaur, izan ere, badakizu lagunaren gainean jesarri bezain laster, nora gidatu jakingo
duzula. Helmugarik gabe ere, bada norabide zuzena hartzeko aukera.
Bat, bi, hiru eta gora! Bizikletaren gainean ipini eta oinpekoei eragin. Bagoaz;
edo bazoaz, hobeto esanda. Tandem bat izatea gustatuko litzaizuke, baina nork
eragingo lieke pedalei zurekin batera? Nork nahiko luke? Nor egongo litzateke zurekin
mundua ezagutzeko prest?
Bat, bi, hiru eta eguzkia zure aurpegian! Hau bai lagun mina, nahiz eta euria,
haizea eta ia ekaitza bezain ohikoa ez izan. Guztiak lagun onak. Guztiak isilak, guztiak
lotsatiak, guztiak zu bezalakoak. Beraiekin etxean sentitzen zara, ez zaude bakarrik, ez
zaude galduta. Ondo lagunduta, baina ez gehiegi; hor dago gakoa, hor dago muina.
Hortxe zure oreka, zure muga.
Bat, bi, hiru eta oh EZ! Hor dago neska hori. Ezaguna duzu. Gustuko duzu.
Hala ere, ez duzu ikusi nahi, ez duzu hark zu ikustea nahi. Abiadura handitzen duzu,
bizkor zabiltza, ihes egin diozu. Ufff…
Bat, bi, hiru eta “kaixo Aitor”! Ez… EZ, EZ, EZ! Atzetik dator, ez begiratu atzera,
jarraitu aurrera. Oinak eta hankak mugitzen dituzu, zure giharrek lan handia dute
momentu honetan; baina ez zara mugitzen. Zure inguruko guztia mugimenduan
dagoen arren, zure gorputza gogortu egin da, harria da. Zer egingo duzu? Ezin zara orrela geratu, animo Aitor, begiratu atzera eta irribarre egin. “Egun on Miren” esaten
duzu erdi-ahots hari batez. “Zer moduz zaude?” hitz totelka oraingoan. “Aitonarenera
noa, bisitatxo bat egitera. Hurbil nazakezu?” eskatzen dizu irribarretsu. “Igo” zu motz
eta hotz, nahiz eta izugarrizko alaitasuna sentitu. Aulkian esertzen da eta zuk zutik
egiten duzu bidea.
Bat, bi, hiru eta ametsetan zaude! Ezin duzu hau egia denik sinetsi. Zergatik
zuri? Zergatik opari hau? Badakizu orain zer behar duzun zu zeu izateko eta
gainontzekoekin harremanetan aritzeko behar duzun gauza bakarra, zure alderik
alaiena, lasaiena, indartsuena sustatzen duena. Zure bizikleta…

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